Superman Annual nº 01

Título: La Encrucijada del Diablo
Autor: Jose Luis Miranda
Portada: -
Publicado en: Septiembre 2005

¿Conoces ese cruce de caminos estaba la vieja fábrica lechera de Joe? Se dice que el diablo juega a los dados en esa encrucijada y que las decisiones allí tomadas marcan el resto de la vida. Y hoy es algo que descubrirás, Clark Kent.
Enviado a la Tierra desde el moribundo planeta Krypton, Kal-El fue criado por los Kent en Smallville. Ahora como un adulto, Clark Kent lucha por la verdad y la justicia como...
Creado por Jerry Siegel y Joe Shuster



PARTE I: Hace 40 años...

Metrópolis, estación de autobuses, un dia cualquiera de marzo.

Prácticamente siempre que Superman viajaba a Smallville lo hacía volando. Sin embargo, a veces, solía ir en el autocar que llevaba a Kansas. Lo hacía porque le traía recuerdos de sus primeras visitas a Metrópolis, cuando era un niño e iba con sus padres. Le gustaba mezclarse con la gente, charlar con algún viajero o reencontrase con antiguos vecinos que también viajaba al pueblo. En definitiva, sentirse normal. Compró el billete, como siempre pidió un asiento junto a la ventana, y pensó en Lana y en Pete.  Los tres, de críos, también habían cogido este autobús alguna vez juntos. "¡Qué lejos va quedando el pasado!"- pensó.

Se sentó en una de las ventanillas del lado derecho. Abrió el Planet del día y se dispuso a leerlo con tranquilidad. Quería tomarse unas horas de calma. En ese instante el último viajero se dirigió hacia el asiento que tenía Clark al lado.

- Disculpe, mi vista no es muy buena- dijo ofreciéndole el billete a Clark. ¿Es este mi asiento?

Clark miró el número y asintió.

- Efectivamente, caballero.

El caballero en cuestión rondaba la cincuentena de años, tenía el pelo cano, llevaba un traje marrón. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y se sentó al lado de Clark. El autobús arrancó

- Nos esperan varias horas- dijo el recién sentado. Este viaje se acorta mucho en coche, pero yo ya no puedo conducir. ¿Sabe usted? Mi vista se ve maltratada por el glaucoma. Cada año veo más borroso.

Clark entendió que su vecino de viaje tenía ganas de hablar, cerró el periódico y le sonrió. No vendría mal un poco de conversación. Enfocó con su visión microscópica los ojos de su acompañante. Efectivamente vio como las bolsas que el glaucoma creaba le enturbiaban la vista. Se dispuso a seguir escuchando a su compañero:

- Pero usted es joven. Todavía no tendrá achaques. Seguro que tiene una salud de hierro. Parece fornido y bien alimentado.

- Gracias.

- Y no se crea, que yo tampoco tengo tantos años. Recién cumplidos los cincuenta. Todavía me conservo en forma.

- Yo me dirijo a Smallville ¿A dónde viaja usted?

- A Riverville. Un pueblecito cercano. Me bajo en la carretera, antes de la estación de Kansas, debo andar luego unos cinco kilómetros. No hay ningún autobús que lleve directo.

- Riverville, sí lo conozco. Lo he visitado un par de veces. Yo me bajo en la estación de Kansas. Allí me recogen mis padres. Si lo desea, puede comer con nosotros. Luego le acercaré con la camioneta de mi padre. No tardaremos nada. Así se ahorrará el paseo.

- Muchas gracias, de veras. Pero el motivo de mi visita no es agradable. Prefiero que no me acompañe nadie.

- ¿Es indiscreción preguntarle por tan desagradable motivo?

El hombre sonrió. Quedó en silencio un segundo. Miró a los ojos de Clark y contestó:

- Sin duda es indiscreción. Pero ya que dejé la puerta abierta a la pregunta le contestaré. Necesito hablarlo con alguien y creo que da lo mismo que usted lo sepa. Voy dispuesto a matar a un hombre.

- ¿Cómo? Ah, es una broma. Casi reconozco que me lo había creído.

- No es ninguna broma. Es la verdad.

- ¿Puedo saber el porqué?

- Sí, claro. Es una vieja historia, pero tenemos tiempo. Escuche y se la contaré. Todo comenzó hace cuarenta años. Dios mío. Cómo se va el tiempo. Cuarenta años, se dice pronto ¿verdad? Yo tenía diez... Pero, perdone mis modales. No me he presentado. Me llamo Glenn Sullivan – dijo tendiendo la mano hacia Clark.

- Clark Kent- contestó estrechándola..

- Ya le digo, yo tenía diez años. Mi mejor amigo era Tommy Ford. ¿Usted cree que será joven siempre? Ja, ja, ja. Perdone la risa. Tommy y yo sí lo creíamos. Teníamos diez años y ninguno recordaba cuándo había conocido al otro. Sólo sabíamos que éramos amigos. Todo lo amigos que se pueden ser a esas edades. Quizá mucho más que lo son los adultos. Jugábamos juntos, íbamos al río, gastábamos bromas a los viejos del pueblo... Alguna vez, incluso nos escapábamos con nuestras bicicletas hasta la carretera que llevaba a Smallville. ¿Sabe el cruce de caminos donde hoy en día han colocado los paneles solares? ¿Dónde estaba la vieja fábrica lechera de Joe?

- Sí, lo conozco. Alguna vez me escapaba de niño a aquel lugar. Recuerdo que junto a Pete Ross y Lana Lang, amigos de Smallvile, hicimos alguna escapada allí que nos costó una semana de castigo. Dicen que es un lugar mágico, que construyeron los caminos bajo un antiguo cementerio.

- Mágico no sé, pero precioso se lo aseguro. El campo es más verde, más florido. Por su orientación recibe más lluvia que en los lugares aledaños, más iluminación. Es un caso único. Hay más especies vegetales diferentes por metro cuadrado que en cualquier otro lugar de Kansas. ¿Todo natural? Dicen que la vieja Audrey cuando se quedó viuda acudía a dicho lugar para cultivar diferentes especies vegetales. Y cada una que introducía arraigaba. Bueno, de cualquier manera aquel lugar es paradisíaco. Además, es un cruce de caminos. Se dice que antiguamente reclusos que escapaban de la penitenciaria estatal tenían allí una oportunidad de cambiar de vida según el camino que escogieran. Se dice que el diablo juega a los dados en esa encrucijada y que las decisiones allí tomadas marcan el resto de la vida. De cualquier manera, hoy ya no está la fábrica de Joe, no hay penitenciaría, la vieja Audrey murió hace muchos años y dudo que nadie se pare en las carreteras que forman aquel cruce para plantearse lo más mínimo qué dirección tomar o qué decisión elegir.

- Pero las historias no dejan de tener su misterio. Todos necesitamos narraciones y cuentos que hagan la vida más agradable.

- No estoy tan convencido de ello. Dejémoslo estar. Bueno, ya me he desviado del relato. ¿Por donde estaba...? Ah, ya...  una noche Tommy y yo fuimos hasta el cruce. Era verano. Al día siguiente habíamos quedado con la banda de Jeffrey Jones para librar una guerra de piedras. Ahora suena a chiste, pero en aquel momento, hace ya cuarenta años... (Aunque le juro que lo recuerdo todo como si hubiese pasado hace dos horas.) Bueno, ... en aquel momento aquella batalla suponía el mayor desafío al que iban a hacer frente nuestras vidas. Quiero decir que teníamos que derrotar a Jeffrey y necesitábamos toda la ayuda posible. Tommy era un chico enfermizo, muy vivaz, alegre. Pero con problemas de salud, su corazón era débil. Muchas veces en nuestras excursiones se fatigaba en demasía y teníamos que parar. No teníamos muchos más amigos, Jeffrey con su pandilla se metía con nosotros. Pero Tommy era valiente, muy valiente y un día se hartó de las pesadas bromas de Jeffrey y retó a toda su banda a una guerra de piedras. Seis o siete chiquillos contra Tommy y yo. Por eso aquel día me pidió que fuéramos a la encrucijada del diablo, como así le llamábamos.

- La encrucijada del diablo- murmuró Clark.

- ¿A qué íbamos exactamente? No lo sabíamos. No sé si Tommy pensaba que allí aparecería el diablo y que tendría que venderle el alma a cambio de la victoria. No lo sé. Quizá pensábamos que podríamos recorrer alguno de los caminos que se ofrecían ante nosotros cambiando nuestro futuro. O nos encontraríamos a algún recluso loco que nos prometería ayuda a cambio de que le liberáramos de sus cadenas. Entonces nos imaginábamos a los reclusos con cadenas y una enorme bola de hierro encadenada al tobillo. El caso es que esperábamos que sucediera algo sobrenatural.

El autocar había salido ya de Metrópolis y surcaba la carretera principal que llevaba al corazón de Kansas.

- Bueno, pues aquella noche, Tommy se escapó por la ventana de su habitación y vino a buscarme. Yo también me fugué sin el permiso de mis padres. Cogimos nuestras bicicletas y fuimos al cruce del diablo. En un par de horas nos plantamos en él.

- ¿No se dieron cuenta vuestros padres?

- Lo advirtieron al cabo de varias horas. Empezaron a buscarnos por el pueblo y mi padre sugirió la idea de que pudiéramos estar en la encrucijada. De cualquier manera allí estábamos: Tommy y yo. Todo estaba oscuro, no lo recordábamos así. No se apreciaban los colores de las flores. Aunque se podía ver gracias a la luna llena que gobernaba el cielo. También quedaba alguna minúscula luz que brillaba a lo lejos proveniente de la fábrica de leche. Nos plantamos justo en el centro de la encrucijada. Mirábamos los caminos a ver si en alguno de ellos aparecía el recluso, el diablo, alguien. Pero nada de nada. Esperamos unos minutos y de repente lo vimos...

El conductor del autocar dio un frenazo dando un grito:

- Pero, ¿qué demoniossss...?

Un coche había calculado mal la distancia al adelantar y se precipitaba de frente al autocar. Clark sacó la cabeza por la ventanilla y disimulando un estornudo lanzó un super soplido firme y directo que elevó el coche contrario por encima del autocar ante el asombro de todos los viajeros. Después, giró la cabeza y sopló para crear un colchón de aire que depositó suavemente al vehículo fuera de la carretera. Nadie advirtió sus movimientos, todas las miradas habían estado pendientes del coche “volador”. Clark fue el primero de los dos en reaccionar:

. ¿Ha visto usted eso, señor Sullivan? Hemos estado a punto de estrellarnos. ¿Cómo ha podido saltarnos ese coche?

- No sé, me he quedado tan de piedra como usted.

Todos los viajeros comentaban el hecho. De repente un niño empezó a llamar la atención:

- Mamá, yo le he visto, yo le he visto. Yo sé lo que ha pasado.

Todas las miradas se volvieron hacia el pequeño. Clark miró la posición del asiento del niño era poco probable que le hubiese visto a no ser que ... Observó el espejo retrovisor y se dio cuenta de que el ángulo que formaba la visión del niño y el espejo coincidían en el asiento de Clark.

- ¿Qué has visto cariño?, dínoslo.

El chico se cortó un poco al ver como prácticamente todo el autobús estaba pendiente de su palabras:

- Ha sido Superman. Creo que por un segundo me pareció ver un reflejo rojo y azul.

Prácticamente todos los presentes habían visto alguna vez en su vida a Superman como habitantes de Metrópolis que eran. Y al menos una cuarta parte había recibido alguna ayuda en algún momento. A nadie le extrañó la explicación. Incluso varios viajeros empezaban a corroborar la imaginación del niño:

- Sí, a mí también me ha parecido verlo. Pero es que fue rapidísimo.

- Sí, es cierto. Lo levantó con una mano y se fue en un suspiro.

- Yo vi algo, no podría decir con seguridad qué. Pero vi algo...

Clark se sonrió y le preguntó de nuevo a Glenn:

- ¿Usted vio algo?

- ¿Con mi glaucoma? Aunque hubiera aparecido la Liga de la Justicia en pleno no hubiera apreciado gran cosa. No, yo sólo vi un coche que venía de frente y se elevó. Pero, supongo que habrá sido Superman. ¿Qué otra explicación puede haber?

- Es cierto. Bueno, esperemos que los sustos se hayan terminado para el resto del viaje. Prosiga con su relato. Decía que estaban en la encrucijada y que entonces apareció alguien. ¿No es así?

- Sí. Allí estábamos Tommy y yo entonces vimos una figura que acababa de bajarse de una camioneta aparcada. Se tambaleaba recorriendo uno de los caminos en dirección hacia donde estábamos los dos. Al principio nuestra imaginación nos hizo creernos que era el mismísimo diablo. Pero, al acercarse vimos que era John Porter. Porter era un borracho del pueblo, tendría entonces unos 45 años. Cuando bebía era violento. Olía como si llevara años sin lavarse. Se había bajado de su camioneta para orinar. En cuanto terminó nos vio y se acercó a nosotros. Los dos estábamos paralizados de miedo... Lo recuerdo perfectamente...

"- ¿Qué hacéis aquí, mocosos?- gritó Porter

- Nada, señor Porter. Paseando. Nos íbamos a casa ya.

- Pues ahora os iréis cuando yo diga. Venid conmigo.- diciendo eso me agarró del brazo y me obligó a andar a su lado. Yo tiraba con todas mis fuerzas, pero no me atrevía a gritar. Él apretó con más fuerza y me obligó a sentarme en la parte de atrás de su camioneta. Estaba completamente borracho, apestaba a vino y aún llevaba una botella casi terminada en el bolsillo de su abrigo.

- ¿Sabéis que un hombre siente cosas en su alma? Siente necesidades que tienen que ser apagadas. Tú eres muy joven para entenderlo.

Sacó la botella y la descorchó apurándola de un trago. Cuado la vio vacía la arrojó. Tommy estaba a unos metros de nosotros sin atreverse a acercarse. Prosiguió su charla:

- Esas necesidades tienen que ver con hembras... ¡Tú no sabes lo que es una hembra! Eres un crío... Pero es lo mejor del mundo, tocar sus carnes, introducirse en sus cuerpos... Ummm. Tú no tienes ni idea de lo que es esto. Ni siquiera sé si con esta edad podrías empalmarte. Déjame comprobarlo...

Empezó a quitarme el cinturón del pantalón. Yo comencé a gritar pero me golpeó con la mano abierta y me quedé paralizado de miedo. Tommy no. Mi amigo agarró una piedra y al ver que me bajaba los pantalones la arrojó impactándole en el brazo. Porter se rió, no le había hecho el más mínimo daño. Yo me revolví y empecé a dar patadas una de las cuales le golpeó la mandíbula y le partí el labio. Caí al suelo. Porter se levantó enfadado y con rabia me lanzó un puntapié que de darme podría haberme matado allí mismo.

- ¡Estúpidos mocosos!

Intentamos irnos corriendo hacia las bicicletas, pero Porter en dos zancadas nos alcanzó de nuevo y me agarró. Me pegó dos veces con la mano abierta. Yo empecé a llorar. Me dio la vuelta y me pegó contra el suelo. Su mano derecha sujetó mi cabeza aplastándola contra el camino. Me bajó los pantalones y ciego de excitación se dispuso a violarme:

- Voy a sofocar una de esas necesidades de las que te hablaba. No te muevas, acabaré pronto.

Tommy podría haber escapado. Estaba ya subido en la bicicleta, pero en lugar de volver a Riverville. Se lanzó con la bicicleta contra Porter. Chocó contra él arrojándole al suelo. Yo lloraba y volvía a subirme los pantalones. Allí estaba Porter con los suyos por los tobillos, en calzoncillos blasfemando como un poseso.

- Huye Glenn, gritó Tommy.

Porter le agarró y le pegó con el puño cerrado. Tommy salió despedido sangrando por la boca. Al caer tuvo la mala fortuna de golpearse con una roca y quedó sin vida. Porter se percató enseguida. Lo había matado. Se acercó y me vio mover a Tommy para que se incorporara. Habíamos visto en las películas y en los cómics cómo los héroes que recibían un golpe en la cabeza perdían el sentido y lo recuperaban en breve. Tommy era un héroe, me había salvado, pero no se levantaba. Le agité, le supliqué que abriera los ojos, que le necesitaba para la batalla de piedras del día siguiente. Pero Tommy no se volvió a mover jamás.

- Maldición- murmuró Porter. Y salió corriendo hacia su camioneta. Arrancó y desapareció en segundos. No sé cuanto tiempo estuve allí llorando sobre Tommy. Mis padres me encontraron de madrugada."

- Señor Kent. Le juro que todo sucedió tal y como se lo he contado.

- ¿Qué sucedió con Porter?

- Por supuesto que yo conté todo lo que había pasado. Los padres de Tommy llamaron esa misma noche al sheriff y fueron a buscar a Porter. Le encontraron en su casa con Molly, su mujer, y tres amigos tan borrachos como él jugando a las cartas. La mujer juró y perjuró que no había salido en toda la noche y los tres amigos dijeron habían estado jugando a las cartas desde la puesta del sol. ¿A quién iban a creer a un chiquillo de diez años o a tantos testigos?

- Pero, ¿no hubo investigación? ¿Y las huellas de la camioneta en el lugar de los hechos? ¿No tenía Porter restos de sangre, de pelos, de...?

- Señor Kent estamos hablando de Riverville. ¿Cree usted que el F.B.I. se ocupó del asunto? ¿Que mandaron a Dick Tracy, a Sherlock Holmes o al fiscal Perry Mason a investigar? El sheriff del pueblo tenía 60 años, era tío de Porter. No tenía más medios que una vieja escopeta, un coche que no utilizaba y una pistola reglamentaria que no había disparado un tiro en tres décadas. Los padres de Tommy denunciaron a Porter. Pero todo fue sobreseído por falta de pruebas. Cuatro adultos juraban haber estado con él toda la noche. Porter pasaba por aquel lugar a diario, trabajaba en la fábrica de leche, no era raro que hubiese huellas de la camioneta. Además, los días siguientes fueron muy lluviosos y se borraron todas las evidencias que pudiera haber. La ropa de Porter estaba inmaculada. No había un rastro de sangre en ninguna de sus camisas. Probablemente las quemaran en la chimenea. Y en cuanto a lo de los pelos, eso del ADN para determinar la identidad de alguien hace cuarenta años era casi ciencia ficción.

- No me acabo de creer que no se le procesara..

- Pues créaselo. La versión oficial fue que nos escapamos de casa y Tommy resbaló con la bicicleta y cayó al camino con tan mala fortuna que se abrió la cabeza. Los padres de Tommy se mudaron de pueblo. Porter siempre estaba rodeado de sus amigos, borracho, vociferante. El padre de Tommy fue detenido por intentar agredirle. Al final prefirieron irse y olvidarlo todo. Mi propia madre me repetía una y otra vez que no volviera a contar aquella historia, que lo pasado estaba pasado y punto. Al cabo de un par de años nos mudamos a Metrópolis. A mi padre le habían dado un trabajo de vigilante. Sólo volvíamos a Riverville algún verano. Después, ni siquiera eso. Vendimos la casa y nos olvidamos por completo de aquel pueblo. Bueno, mis padres se olvidaron, yo nunca lo hice.

- ¿Qué pasó después?

- Pues lo que pasa siempre señor Kent, que la vida sigue. Acabé mis estudios, fui a la Universidad de Metrópolis y me licencié en Historia. Encontré un trabajo de profesor, me casé y tuve dos hijos. Tenía otras obligaciones, una vida que me encantaba. Aquello era un mal recuerdo. Muchas veces pensé en decir algo en volver a sacar el tema. Pero, cuando me di cuenta habían pasado ya veinte años. El delito había prescrito sin duda. Además ¿qué nuevas pruebas podría aportar? Simplemente decidí vivir mi vida.

- Pero, me dijo al principio que iba a matar alguien. ¿Es a Porter?

- Sí.

- Y me lo dice casi sonriente, ¿por qué ahora?

- Señor Kent, siempre lo tuve en la mente. Siempre pensé en viajar a Riverville de incógnito. Buscarme una coartada en Metrópolis, llegar allí, matarle y volverme. Le juro que lo pensé mil veces. Nunca me atreví. Mi mujer, mis hijos, mi futuro profesional. No podría arriesgarlo todo. Pero ahora...

- ¿Ahora...?

- Hace tres meses mi esposa y mis hijos murieron en un accidente de tráfico. Ya ve, sólo le cuento penas hoy. No fue culpa de nadie, un reventón, perdió el control y saltó la mediana, un camión les arrolló.

- Lo siento.

- No, no lo siente. Al menos no lo siente como yo. Usted no conocía  a Margaret, ni a Dick, ni a Bill. No puede saber qué es levantarse cada día sin ellos. Oh, perdone. No quería ser desagradable. No quiero que parezca que... Lo siento, ...

- No se preocupe. Le entiendo. Yo también he perdido a seres queridos, entiendo perfectamente sus sentimientos.

- Gracias. En fin, que cuando murieron pensé en Porter. Pensé en lo injusta que es a veces la vida y pensé en que tenía que hacer justicia.

- ¿Cree que conseguirá justicia matando a Porter? Han pasado cuarenta años, usted tiene ahora 50, y Porter ¿cuántos tendrá, 80, 85 años? Eso si sigue vivo. No va a conseguir nada.

- Quizá, pero eso es asunto mío. Mire, no sé por qué le he contado la historia. No espero que lo entienda, pero es algo que le debo a Tommy. Él me salvó la vida, dio la suya por la mía y siempre he sido demasiado cobarde para hacer nada. No sé cómo lo voy a hacer, no sé cómo... pero sé que lo haré. Y ahora, señor Kent, si me disculpa me gustaría dormir un poco.

Clark quedó pensativo. Glenn se recostó el asiento y cerró los ojos. Pasó casi todo el viaje dormido. Pasaron horas, por fin, se desperezó.

- Vaya siesta... Pero... si está llegando mi parada. Señor Kent, ha sido un placer conversar con usted. No piense más en lo que le he dicho y piense en ello como en uno de esos cuentos que usted decía que necesitábamos los seres humanos.

- Señor Sullivan, me gustaría acompañarle. No quiero que arruine usted su vida por una venganza.

- Aquel mal nacido mató a mi amigo. Nunca lo pagó. Ahora es el momento de que lo haga. Me importa un bledo que haya o no una justicia divina que se lo tenga en cuenta cuando se muera. Voy a terminar con esto hoy.

El autocar se detuvo en el punto donde debía bajarse Sullivan. Extendió la mano hacia Clark.

- No se preocupe. Ha sido un placer hablar con usted, es una persona que realmente sabe escuchar.

- Señor Sullivan. Piense bien lo que va a hacer. Y recuerde estas palabras, si decide seguir adelante volverá a verme. Se lo impediré.

- No sé cómo señor Kent. ¿Va a denunciarme por lo que todavía no he hecho?

- Tengo más medios de los que usted imagina para evitar que cometa este error.

- Ha sido un placer señor Kent, hasta siempre.

- Hasta pronto, señor Sullivan.

Glenn Sullivan se bajó del autocar con la chaqueta colgada de un brazo y portando la maleta con el otro. Al bajar depositó la maleta en el suelo y se puso la chaqueta. Hacia una tarde preciosa. Los colores del campo estaban encendidos y el cielo aparecía despejado y claro. La temperatura era agradable también. ¿Quién diría que en aquel cruce hace 40 años se pudo cometer un asesinato? Las decisiones que se tomen aquí pueden marcar el resto de la vida- pensó. Glenn empezó a caminar hacia Riverville.

PARTE II: Cara a cara con el diablo

Cuando llegó al pueblo todo parecía distinto. No recordaba las casas. Muchas eran nuevas. Vio la oficina de sheriff. Había sufrido una remodelación. Se dirigió a la parte más antigua del pueblo. Allí estaba el motel de Sally. Seguía llamándose así.  Reconoció a la propietaria, aunque envejecida, era la hija de Sally. Antaño era una niña pecosa con trenzas, ahora una mujerona gruesa y sonriente. Le preguntó cuanto tiempo iba a quedarse. Un día, quizá dos- fue la respuesta.

Una vez dejó el equipaje, paseó por las calles. Desde luego, todo era más moderno. Algunas cosas seguían igual, la tienda de Steve, el garaje de John. Llegó hasta el lugar donde estaba la antigua casa de sus padres. La vendieron hace un par de décadas. Por fin, llegó hasta la vieja casa donde vivía el señor Porter. Se paró frente a la puerta. De la cocina salía humo, alguien estaba guisando. Tuvo la intención de llamar. Sin embargo, se detuvo. Pensó en las palabras de Clark (... y Porter, ¿cuántos tendrá 80, 85 años? Eso si sigue vivo). Era cierto, ¿y si estaba muerto? En la acera de enfrente se encontraba una cafetería. Glenn tenía hambre, comería y de paso preguntaría por los dueños de la casa. Cruzó la calle, entró y pidió una hamburguesa y una cerveza. Cuando le sirvieron aprovechó la sonrisa de la camarera para indagar:

- Perdone, ¿sabe usted si el viejo Porter sigue viviendo en esa casa? Soy un antiguo vecino de este pueblo que lleva muchos años fuera. Quería saludarle.

- Sí, vive ahí. Pero ahora estará en la iglesia, es domingo. Mejor dicho, saliendo de ella. Estará al llegar. Si tardan es porque Molly, su mujer, empuja la silla de ruedas.

- ¿Silla de ruedas?

- Sí el señor Porter sufrió un ataque de... Bueno, no sé de qué... creo que bebía mucho. Hace muchos años quedó en una silla de ruedas. Molly le lleva a todos lados. Aunque ella es diez años más joven creo que deberían comprarse una de esas sillas automáticas que andan solas. La pobre ya no está para tantos trotes.

- Pues me ha parecido ver que de la cocina salía humo.

- Es su hija, viene todos los fines de semana a ayudarles con la casa. Seguro que les estaría preparando la comida.

- Muy amable. Muchas gracias por la información.

- De nada, seguro que se alegran de verle. Dice usted que vivía por aquí.

- Sí, pero hace muchos años.

Glenn comió con rapidez lo pedido y despidiéndose con amabilidad salió antes de que Porter y su mujer volvieran.

"Imbécil" se decía. "¿Qué pensabas, que iba a ser tan fácil? ¿Que Porter estaría matando a otra persona cuando llegaras? ¿Qué hago ahora? ¿Entro en su casa y le digo a su mujer y a su hija que salgan un momento que voy a matar al anciano inválido? Y encima, le digo a la camarera que soy un forastero que venía al pueblo a ver a Porter. Me ha faltado decirle que venía a matarle y darle mi dirección de Metrópolis."

Glenn retornó al motel. Se acostó y pensó. "Mañana es lunes, la hija probablemente salga esta noche. Después, la mujer tendrá que salir a comprar en algún momento. Porter quedará solo. Y, ¿cómo pienso matarle? No he traído ningún arma. Bueno, está inválido, tiene 85 años. Le asfixiaré. ¿Seré capaz? ¿Tendré la suficiente sangre fría?"

Así que se dedicó a planificar el asesinato. Esa noche la hija se despidió. Glenn la observó desde la distancia. Al día siguiente, la mujer de Porter salió temprano. Glenn supuso que iría a comprar, no sabía cuanto tardaría. Pero sí que tenía que aprovechar el tiempo. Se plantó en la puerta de Porter. Estaba cerrada, pasaba gente por la calle, desde la cafetería cualquiera que mirara podría verle. ¿Qué iba a hacer? ¿Tirarla abajo? Así que rodeó la casa. La parte de atrás estaba más alejada de la avenida principal. No observó a nadie. Llegó hasta la puerta de la cocina y se dio cuenta de que era de las antiguas. La abrió sin problemas aplicando un poco de fuerza y entró.

La casa estaba oscura. Entre eso y el glaucoma de sus ojos quedó momentáneamente ciego. Poco a poco iba recuperando visión. Entró en el salón casi sin ver. Porter estaba en la silla de ruedas mirando por la ventana. Al oír el ruido de las pisadas de Glenn volvió la cabeza hacia él y le miró. Glenn se sintió descubierto, temió que Porter gritara, pero el anciano se quedó mirándolo fijamente sin decir palabra.

- Señor Porter... ¿No me recuerda? ¿No sabe quien soy? Han pasado cuarenta años, pero yo no puedo olvidarle. ¿No se acuerda de aquella noche? No recuerda a Tommy Ford. El nombre tiene que decirle algo... Yo soy Glenn Sullivan, el niño que estaba allí, que fue testigo de cómo usted asesinó a Tommy...

Porter no hacía el menor gesto. Miraba a Glenn, a veces con extrañeza como si se esforzara en recordar. Como si quisiera romper la nebulosa del tiempo. Glenn agarró un cojín. Planeó utilizarlo para asfixiarle, salir por la puerta de la cocina y desaparecer para siempre de aquel pueblo. Glenn le miró a los ojos. Frente a él estaba un anciano de 85 años paralítico en una silla de ruedas y con evidentes síntomas de...

- Alzheimer

Glenn se volvió al oír la voz que sonaba a sus espaldas. Molly estaba en la puerta del salón. Había entrado desde la principal, quizá se había olvidado algo que le hizo retornar.

- No se moleste en decirle nada. Padece Alzheimer en un estado muy avanzado. Yo sí sé quién es usted, señor Sullivan. He rezado un millón de veces por el alma de aquel chiquillo. No ha pasado ni un solo día de estos cuarenta años en los que no me haya acordado de su nombre. Tom Ford. Lo tengo grabado con fuego en mi alma.

- Señora, yo...

- Me sorprende que esté aquí... han pasado muchos años. Pero ya ve. Fui una cobarde, como lo fueron sus amigos. Porter llegó aquella noche bebido, nervioso. Enseguida me dijo lo que había hecho y me hizo jurar que debía protegerle. Fui yo quien llamé a sus amigos, quien quemó su ropa ensangrentada, pero ¿qué quería que hiciera? En aquel entonces no sólo es que me hubiera matado si le hubiera denunciado, casi lo hizo al menos una o dos veces en cada mes durante los primeros veinte años de matrimonio, es que yo le amaba de verdad. No me diga por qué me enamoré de un monstruo. No lo sé. Pero le quería y le quiero. Sí, está inválido y no sabe ni quien es. Pero nunca se ha apagado el amor que le he profesado.

- He venido para hacer justicia.

- ¿Justicia?. Yo soy piadosa y creyente. Sé que mi marido tiene suficientes pecados como para que el Diablo le haya guardado un lugar de privilegio en el infierno. Pero, si ha cometido errores creo que la vida se los ha devuelto. Perdió el uso de las piernas hace más de quince años. El Alzheimer le atacó el cerebro y lleva casi una década en este estado. Cada día peor. ¿Y en cuanto a mí? Mi vida ha sido un eterno sacrificio para cuidarle. ¿Quiere matarle, señor Sullivan? Hágalo, le liberará de su prisión y me librará de esta eterna condena. Hágalo. Cuenta con mi bendición.

Diciendo esto, se dio media vuelta, cogió de la mesa el monedero que había olvidado y salió por la puerta. Sullivan quedó de nuevo frente a Porter. Le miró de arriba a abajo. Le miró fijamente a los ojos y pensó en Tommy Ford. Quería que un relámpago de rabia le inundara el cerebro y actuara sin pensar. Pero nada de eso sucedió. Una infinita lástima fue la sensación que le inundó. Porter era un vegetal, sin memoria, sin voluntad. Glenn dejó caer el cojín y se alejó de Porter.

Salió por la puerta por la que había entrado y se fue a su motel. Allí recogió sus cosas y pidió la lista de los horarios del autobús. Salió con su maleta y se dispuso a recorrer los cinco kilómetros que le separaban de la encrucijada del diablo.

 
PARTE III: Decisiones

Glenn Sullivan estaba sentado sobre su maleta en el mismísimo cruce. Esperando el autobús que debía llevarle a Metrópolis. Su mirada se detenía en los detalles del paisaje, en las flores, en las nubes. Aquel lugar era único. Pensaba en su mujer, en sus hijos, en la visión borrosa que no le permitía ver con claridad todo aquel entorno. Pensaba en lo corta que era la vida, en lo rápido que pasaban los años. Pensaba en sus alumnos. Pensaba en la frase que le había dicho al señor Kente. Se dice que las decisiones que se toman aquí marcan para siempre el resto de la vida. Tommy tomó la decisión de salvarme la vida y me la cambió por la suya. Porter, la de matar y ha terminado su vida sufriendo. A lo lejos una camioneta se acercaba. Pronto se situó a su altura.

- Caramba, señor Sullivan. ¡Qué sorpresa!

- ¿Señor Kent? No me lo puedo creer. ¿Qué hace usted aquí?

- Bueno, me picó la curiosidad oírle hablar de este sitio y quise volver a verlo. Pero, desde luego, no esperaba encontrármelo aquí.

- Estoy esperando el autobús de regreso a Metrópolis.

- Entonces no tengo más remedio que preguntarle si llegó a realizar su misión.

- No, no lo hice. Me arrepentí en el último momento. Supongo que entendí que la vida es a veces injusta pero que hay que aceptarla tal y como viene.

- Yo creo que uno debe luchar por que las cosas sean mejores. Pero también pienso que en ocasiones no hay más remedio que seguir viviendo.

- Sí. Vaya par de filósofos de tres al cuarto que estamos hechos.

- Cierto. Señor Sullivan, hoy es lunes. ¿hasta qué día dispone de vacaciones?

- Bueno, pedí el día de mañana también.

- Le propongo algo, véngase a Smallville. Mi madre prepara un asado de carne realmente delicioso. Siempre sobra para alimentar un regimiento. ¿Qué me dice?

- Señor Kent...,

- Llámeme Clark.

- Clark, creo que no me han ofrecido un plan semejante en años. Además, si mi vida depende de la decisión que tome en este lugar, creo que aceptando tendré una vida feliz en los años venideros. Ah, y olvidemos ambos lo de señor.

- Estupendo, pues suba. Estaremos allí en un suspiro.

- Por cierto, tengo algo que preguntarle. Me dijo que si decidía seguir adelante volvería a verle. Que tenía medios para detenerme. Sin embargo, le he visto precisamente porque no seguí adelante.

- Señor Sull... Glenn. Usted me confió un secreto. Yo le voy a confiar otro. Y diga lo que le diga prométame que no preguntará nada después.

- Lo prometo.

- Bien. Sólo le diré que si hubiera intentado matar a Porter hubiera tenido una sorpresa desagradable. Me alegro de que la fortuita aparición de Molly le hiciera recapacitar.

- ¿Cómo sabe usted que...?

- Recuerde, prometió no hacer preguntas. Y ahora vamos, ya se me hace la boca a agua pensando en el asado. En el camino hasta Smallville seré yo quien cuente alguna historia. No se puede vivir sin historias ¿verdad?

- No, Clark, no se puede. Sin lugar a dudas hacen la vida más agradable.

- Cierto, Glenn. Totalmente cierto.


José Luis Miranda
Marzo de 2005
A la memoria de Santos Martínez Acien

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