Batman nº 22

Título: La Última Actuación
Autor: Factoria de Creacion
Portada: Darkflash
Publicado: Noviembre 2010

Con Batman en Singapur resolviendo sus propios asuntos ¿quien ayudará a Robin a escapar de las garras del Sombrerero Loco¿ ¡No te pierdas el trepidante final de esta aventura!
Hice una promesa ante la tumba de mis padres: librar a esta ciudad de la maldad que les quitó la vida. Soy Bruce Wayne, filántropo multimillonario. De noche, los criminales, esos cobardes y supersticiosos, me llaman...
Batman creado por Bob Kane

Resumen de lo publicado:
Lo que empezó siendo un rutinario atraco en Gotham pronto se fue complicando cuando Batman descubrió que el Alcalde mismo podria estar implicado con los bajos fondos. Mientras tanto Wayne Enterprises esta siendo robada y todo las pistas indican que una vieja conocida esta detrás de todo ésto: Talia Al Ghul. Batman se ve obligado a llamar a Robin y Batgirl para que le ayuden a resolver en misterio en Gotham mientras él vuela a Singapur para salvar sus empresas.

Singapur. Hace unas horas.

Bruce Wayne llegó hasta la puerta del rascacielos que hacía de sede social de la Singapur Security Health Limited en la avenida Victoria. Alfred Pennyworth le había abierto la puerta del coche alquilado que había contratado en el aeropuerto internacional de la ciudad, situado a 20 kilómetros del centro, y que los oriundos conocían por el aeropuerto Changi, y había vuelto a entrar en el habitáculo del conductor para aparcar el vehículo en un parking descubierto que existía en la parte trasera del enorme rascacielos.

Bruce levantó la mirada, buscando el final de ese monstruoso edificio, pero el día nuboso no permitía ver el final de la torre, quizás en los pisos más elevados se notaba el ligero viento que hacía ese día. De pronto, una vibración en su chaqueta le trajo de vuelta de sus pensamientos. Su móvil acaba de recibir un mensaje.

Los dedos de Bruce se movieron rápidamente por el teclado, y en un instante el nombre del remitente apareció en la pantalla: Bárbara Gordon. Después el mensaje: “Está hecho”. Bruce sonrió y entró en el edificio.

La fama de Bruce Wayne en todo el mundo como hombre de negocios le había abierto las puertas de la compañía en cuanto solicitó una reunión con el presidente de la Singapur Security Health Limited. Una vez se identificó en la recepción, una secretaria exquisitamente educada le trasladó hasta la planta 56 del edificio, a través de un ascensor semi-escondido que era exclusivo de los miembros de la dirección, y que ningún empleado raso podía tomar. Ahora, en persona podría comprobar si el ligero viento era perceptible a esas alturas.

Tras unos segundos de ascenso, tanto la secretaria como Bruce llegaron a una planta decorada de manera minimalista, donde apenas existían despachos, aunque de grandes dimensiones. En uno de ellos, donde había una placa con la descripción Mr. Choo, presidente, la secretaria golpeó con los nudillos, esperó a escuchar la afirmación desde el interior, abrió la puerta, sonrió a Bruce y se despidió en dirección de nuevo a la recepción.

- Pase, señor Wayne, le estábamos esperando. ¿Qué tal su estancia en nuestro pequeño país?.

El señor Choo era un diminuto hombre de negocios asiático, con un traje pulcramente planchado y zapatos relucientes, que posiblemente costarían el salario anual de cualquiera de sus empleados. Detrás de la fachada de hombre fuerte de la compañía, Bruce pudo imaginar que no era más que la mano derecha de quien tomaba realmente las decisiones.

- Es un placer conocerle, señor Choo. Creo que mi viaje no será únicamente de negocios.

El señor Choo sonrió, enseñando una mella en uno de sus dientes y ofreciéndole asiento.

Bruce revisó cada centímetro del despacho. Absolutamente todo estaba recubierto de madera. La pared de su izquierda estaba ocupada en su totalidad por una biblioteca donde anchos volúmenes rojos y verdes impedían que hubiera un solo espacio libre. La pared de su derecha y la que había quedado a su espalda, por donde había entrado, estaban recubiertas de láminas de madera y frente a él, se encontraba la mesa de trabajo y tres sillas, la del presidente, y dos frente a esta para los invitados. Un gran ventanal había detrás del escritorio, que a la altura a la que se encontraban pudo ver algunos tejados de los primeros rascacielos que se construyeron en la ciudad, que ya habían sido superados holgadamente.

- Tengo que reconocerle, señor Wayne, que fue una sorpresa su solicitud para que le recibiera –comenzó el señor Choo-. Dadas las magnitudes de su Corporación, considero que sería una ventaja competitiva para mi empresa poder tener negocios con usted, teniendo en cuenta la calidad de nuestros productos.

Bruce sonrió.

- La verdad, señor Choo, tengo que reconocer que no he podido comprobar la calidad de sus productos. Quizás pueda ser una falta de atención por mi parte, pero por lo que me han contado, nosotros nunca recibimos ningún producto de ustedes –los ojos de Bruce se quedaron fijos en los de su colega-.

- No entiendo –frunció el entrecejo el asiático, mientras juntaba sus manos-.

Bruce introdujo su mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un papel perfectamente doblado. Lo extendió y se lo entregó al señor Choo.

- Fíjese bien en el importe y en el nombre de la compañía a la que le hicimos una transferencia. ¿Lo ve?. Dos millones de dólares y a Singapur Security Health Limited. Y dado que estoy aquí, habiendo recorrido más de 16.000 kilómetros desde Gotham City, podrá entender que estoy bastante cabreado de pagar unos productos que nunca llegaron a mis almacenes.

- Esto debe de ser un error. Nosotros enviamos el pedido que ustedes nos solicitaron.

- Si, pero la realidad es que nosotros hicimos un pedido a la compañía Singapur Health Sec Limited. Si, se parecen los nombres, pero no son los mismos. Además, no sólo no llegaron a nuestros almacenes sino que alguien manipuló nuestros sistemas para borrar y mapear dicho pedido. Dicho de otro modo, que desapareciera todo rastro del pedido, y si mi mano derecha en la Corporación hubiera sido algo más ordenado, el del pago.

El señor Choo se levantó airado de su butacón, mientras sus mofletes se enrojecían.

- No sé de qué me está hablando, pero nadie viene a mi casa a insultarme. Si usted no encuentra el material que le enviamos será su problema, pero no vuelva a acusarme de apropiación indebida, porque haré que mis guardias de seguridad le echen a la calle como a un perro.

Bruce se levantó para estar a la altura de su interlocutor.

- Señor Choo, me gustaría que sus perros sarnosos intentaran ponerme la mano encima, pero creo que esta conversación me aburre. Hágase un favor, y llame a la persona que realmente dirige esto. –el hombre giró su cabeza desconcertado-. ¿No es verdad, Talia?.

Bruce se giró hacia su derecha. Uno de los paneles del despacho se había movido y una bella mujer había salido de él. Talia Al Ghul permanecía de pie tras ellos, vestida con un traje de chaqueta oscuro y una camisa blanca.

- Nunca he conseguido sorprenderte, Bruce. No sé como lo haces.

Bruce terminó de girarse totalmente hacia la mujer, ignorando por completo al señor Choo.

- La respuesta es fácil. Nunca olvidaría tu perfume.

Talia hizo un gesto con la mano indicando al presidente de la compañía que les dejara solos, y tras un instante de indecisión, el señor Choo agachó la cabeza humillado y desapareció por la puerta del despacho. Talia ocupó su sitio e indicó nuevamente a Bruce que tomara asiento.

- No me gusta que jueguen conmigo –indicó él-. Últimamente lo hacen con asiduidad, pero poco a poco me voy cansando, y mi paciencia disminuye.

- Sabes que lo que menos me gustaría hacer sería jugar contigo, pero sabes lo mucho que deseo verte y tengo que aprovechar mis oportunidades para lograrlo.

- Y robando en mi casa te asegurabas que viniera personalmente a reclamarte los dos millones de dólares.

Talia guardó silencio unos segundos. Su padre, Ras Al Ghul la había educado para que algún día fuera la esposa del murciélago. En alguna ocasión había estado a punto de conseguirlo, pero después de infinitos enfrentamientos entre Batman, Ras Al Ghul y Talia, Bruce había terminado por rechazarla y no deseaba verla. En el fondo de su ser, Talia estaba segura que Bruce le amaba. Mientras, en el exterior, un helicóptero se movía entre los rascacielos de la ciudad.

- Talia, me das pena. Creí que tu dignidad estaba por encima de eso. Aun así, gracias por robarme esos dos millones de euros, me ha hecho ver las cosas desde un punto de vista más filantrópico.

- ¿A qué te refieres? –contestó la mujer-.

- Hace una hora, he superado las defensas de tus sistemas informáticos y he realizado una transferencia de dos millones de dólares desde las cuentas bancarias de Singapur Security Health Limited a las de la Corporación Wayne. No te preocupes, ya tengo lo que quería y me iré satisfecho -Talia apretó uno de sus puños reprimiendo cualquier muestra de ira de su cara. Esperaba retenerle algo más, pero ahora que ya tenía su dinero no podría hacer nada. Bruce continuó-. Pero debía cobrarme los gastos y el esfuerzo de viajar a Singapur para recuperar mi dinero. Así que, adicionalmente, he realizado una nueva transferencia de efectivo desde la cuenta bancaria de tu compañía por importe de un millón de dólares a la asociación de huérfanos de Gotham. Ahora mismo, estarás recibiendo miles de mensajes a tu correo de agradecimiento, puedes comprobarlo.

Introdujo su mano en la chaqueta y extrajo una Blackberry. El contador de mensajes no leídos ya tenía tres dígitos.

- ¡Bastardo! –levantó la voz Talia-. Así pagas mi interés por ti.

Bruce mantuvo el rostro serio. Le hubiera gustado sonreír, pero la relación de amor odio que durante años había mantenido con Talia le provocaba que sintiera una cierta pena por lo que pudo haber sido y no fue y, no cabía duda, por llevar ella la sangre de su padre, Ras Al Ghul. Una sombra que se acercaba hacia el cristal del amplio ventanal del despacho del señor Choo distrajo a Bruce de sus pensamientos.

De pronto, el cristal se hizo pedazos. Cinco ninjas de la Liga de los Asesinos habían atravesado el cristal de la ventana armados con catanas. Bruce se preguntó que técnica habrían utilizado para entrar teniendo en cuenta que se encontraban en el piso 56 del rascacielos e inconscientemente pensó en el helicóptero que había visto antes. Por instinto se puso en pie y buscó una de las paredes para evitar ser sorprendido por cualquiera de ellos.

- ¡Talia! –gritó Bruce-. No esperaba que me mandaras a tus chicos. Nunca usaste tu poder para hacerme daño.

- Idiota –le contestó ella-. No he sido yo.

Talia parecía realmente desconcertada. Al igual que él había buscado una pared para protegerse y su rostro miraba hacia los cinco hombres, nunca hacia Bruce. Parecía que tendría que confiar en ella para salir de ese despacho con vida. Los ninjas comenzaron a desplegarse alrededor de ellos.

- Talia, pégate a mi espalda y protégete a tu derecha con la pared. Sólo podrán atacarnos por dos flancos y podremos cubrirnos el uno a otro.

Los ninjas blandían sus katanas con fiereza pero mudos. Durante unos segundos los ojos de aquellos hombres miraron fijamente a los de Bruce y Talia, como si quisieran llegar a sus pensamientos antes de emprender el ataque.

Uno de ellos se lanzó a por Bruce y el resto les siguió. La posición que mantenían en semicírculo les otorgaba la seguridad de que ninguna de sus víctimas pudiera escapar sin luchar. La puerta se encontraba a sus espaldas y tanto Talia como el hombre que la acompañaba no disponían de más escapatorias.

Bruce esquivó el filo de la catana de su atacante y aprovechó que el ninja había vencido su cuerpo hacia adelante, pensando que su ataque tendría éxito, para asestarle un golpe en la boca del estómago. Apenas se escuchó un gemido de dolor. El ninja comenzó a girarse hacia Bruce para volver a atacar, pero un rápido golpe en la nuca provocó que cayera sobre el suelo completamente inconsciente.

Por su parte, Talia se había aferrado al cuello de otro de ellos desde la espalda de este, ahogándole por un lado y utilizando su cuerpo como escudo humano para protegerse del ataque del otro de los ninjas, que debido a que su compañero se encontraba entre él y la mujer a la que habían venido a matar evitaba utilizar su catana. Talia sabía que manteniendo al ninja como escudo humano sólo podría ganar tiempo dado que, si la única manera de acabar con ella era que el hombre atravesara a su compañero con la catana, éste lo haría. Los miembros de la Liga de los Asesinos estaban entrenados para matar y morir si fuera necesario con el objetivo de cumplir sus metas.

Otro de los asesinos se abalanzó contra Bruce con la katana. Volvió a esquivarla y aprovechó la fuerza del hombre para empujarle contra la pared. La espada se clavó en la pared, justo a la espalda de Bruce, y el rostro del asesino golpeó contra la pared que había detrás de Bruce y se desmoronó contra el suelo, dejando un rastro de sangre a medida que iba cayendo. De pronto, un tercer hombre saltó sobre la espalda de Bruce, haciéndose fuerte y agarrando con sus manos la tráquea desprotegida del caballero oscuro.

Los ojos del hombre que servía de escudo humano a Talia, la única parte que se mostraba de los hombres que habían irrumpido en el despacho del señor Choo, se quedaron en blanco y sin vida. Talia sabía de la destreza de esos hombres, de hecho los había comandado en algún momento, y no tenía dudas de que debía utilizar todos sus recursos, incluyendo el asesinato, si quería salir con vida de ese despacho. En el momento en el que sintió que el hombre no se resistía empujó con fuerza su cuerpo para que cayera sobre el otro asesino que esperaba su momento para atacar.

Los fuertes dedos del ninja se aferraban a la garganta de Bruce. Si hubiera llevado la máscara de Batman, esta le hubiera protegido, pero su atrezzo únicamente consistía en un caro traje de chaqueta que se estaba arrugando. La falta de oxígeno empezó a nublar sus ojos. No podía fallar ahora. Recordó el ataque del último asesino que había noqueado y recordó que su katana debía seguir clavada en la pared a pocos centímetros de él. Se giró con fuerza, llevando en volandas al hombre que llevaba subido encima suyo y a ciegas se impulsó hacia atrás, contra la pared.

Un grito de dolor salió de la boca del asesino, y un reguero de sangre comenzó a manchar la nuca de Bruce. La espalda del hombre se había clavado contra el mango de la katana que seguía clavada contra la pared, y debido a la fuerza del impacto, además del intenso dolor, el ninja había sufrido alguna hemorragia interna que le había provocado que la boca se le llenara de sangre. Los dedos que le aferraban la tráquea aflojaron su presa.

Bruce dejó caer al suelo al hombre que había estado aferrado a su espalda y tosió. Sentía un escozor en su cuello, pero el oxígeno había vuelto a llenar sus pulmones. Miró a Talia y comprobó que se había ocupado de los otros dos asesinos, uno de ellos estaba tumbado boca abajo, parecía muerto, y el otro gritaba de dolor tocándose la parte de la capucha, manchada de sangre, donde debía de encontrarse su nariz.

- ¿Qué demonios ocurre aquí, Talia? –preguntó Bruce-. ¿Por qué la Liga de los Asesinos ha intentado matarnos?.

- No vienen a por ti, Bruce. Vienen a por mí. De hecho, no creo que esperasen compañía, o que esa compañía se tratara de ti –Talia se mojó los labios y continuó, pensó en guardar silencio, no contar nada, pero pensó que nadie podría ayudarle mejor que él-. Desde hace poco, una pequeña parte de la Liga de los Asesinos no nos obedece, estamos sufriendo una pequeña rebelión y desconocemos quien está detrás de todo y por qué. Por el momento, es una fracción muy pequeña, pero temo que se extienda y perdamos el control de la Liga.

- ¿No es la primera vez que intentan matarte tus propios hombres?-.

- Es la primera vez, -contestó la mujer- ya que hasta ahora sólo habíamos recibido mensajes amenazadores, pero nunca lo habíamos considerado fiables. Ahora veo que van en serio. Por favor, Bruce, ayúdame a esclarecer quién está detrás de todo esto.

Bruce dio un paso atrás. Se miró el ropaje arrugado y roto que llevaba encima. Talia siempre se había defendido bien, había sobrevivido como mujer en un mundo de hombres y había liderado la Liga de los Asesinos.

- Siempre has tomado tus propias decisiones, Talia, y ahora es el momento de que recojas lo que has sembrado durante tu vida.

Bruce sabía que Talia nunca le haría daño, sabía que sentía algo por él, como él por ella, y además era posible que realmente estuviera metida en un lío, pero sus caminos hacía mucho que se habían separado y que se dirigían a lugares completamente diferentes. Ella nunca podría quitarse nunca el sello de Ras Al Ghul. Ese ya no era su problema. Tras escucharle, Talía agachó la cabeza derrotada.

- Espero de corazón que puedas controlar a la Liga de los Asesinos, pero mi sitio y mi familia están en Gotham. Sólo te digo una cosa, no vuelvas a jugar conmigo.

Bruce se giró y sin mirar hacia atrás salió por la puerta del despacho, enfiló el largo pasillo y tras bajar en el ascensor recorrió la distancia que separaba la recepción con el exterior del edificio. Mientras tanto, en Talia desapareció todo atisbo de dureza y fortaleza. Se arrodilló en el suelo y varias lágrimas cayeron en sus mejillas.

Los empleados que en ese momento se encontraban allí miraron curiosos la imagen del hombre que se dirigía a la calle, como si nada hubiera ocurrido, con un traje completamente destrozado, y algunas marcas amoratadas en su cuello. Justo fuera del edificio, dos coches de bomberos y cinco patrullas de la policía de Singapur miraban a lo alto, hacia el lugar donde, al parecer, se había acercado un helicóptero del cual se habían lanzado cinco hombres atravesando una de las cristaleras del piso 56. El hecho de que mirasen hacia arriba impidió que cualquiera de los bomberos o policías que estaban en el lugar se fijaran en Bruce Wayne.

Alfred esperaba junto al coche alquilado.

- ¿Qué le ha ocurrido?, señor –preguntó alarmado-. No me diga que tiene algo que ver con el lío que se ha montado con lo del helicóptero.

- Esta vez se puede decir que no tengo nada que ver.

Alfred arrancó el coche y pasó frente al dispositivo de seguridad que comenzaba a subir al edificio con el objetivo de descubrir que es lo que había ocurrido minutos antes. Bruce miró, de nuevo, hacia lo alto del rascacielos, hacia la planta 56, y pensó en Talia. Estaba convencido de que sabría cuidarse, y que en el futuro se volverían a encontrar, pero sintió un escalofrío pensando que, por primera vez, era posible que Talia no controlase la situación y que fuera la situación y las circunstancias la que la controlasen a ella.


Asilo de Arkham. Gotham City. Ahora.

Robin intentaba evitar a toda costa que los puños de los gemelos Dee y Dum llegasen a contactar con él. A unos diez metros, Jervis Tetch, más conocido por el Sombrerero Loco, miraba divertido el espectáculo que sus dos secuaces y el joven maravilla le estaban ofreciendo. A su izquierda, la mujer y los dos hijos del alcalde permanecían atados a una gran argolla que estaba atornillada a uno de los muros de la sala.

En realidad, los dos forzudos secuaces de Tetch no eran gemelos. Originariamente, los secuaces del Sombrerero Loco fueron Deever Tweed y Dumfree y eran primos entre si, pero Dumfree murió y su primo Dumson ocupó su lugar. Ahora se les conocía por los gemelos Dee y Dum debido a su gran parecido y por ser similares a los gemelos que aparecían en la obra de Lewis Carroll, de la que Jervis Tetch estaba tan obsesionado que utilizaba su estética para cometer delitos en Gotham.

Uno de los forzudos saltó hacia el lugar donde se encontraba Robin, con la intención de que su peso lograse reducirle, pero un rápido movimiento del chico y el voluminoso cuerpo del secuaz cayó contra el suelo. Por más que había intentado acercarse al Sombrerero Loco, alguno de los gemelos se había puesto en su camino, y Robin no deseaba un enfrentamiento directo con ellos

- Tengo que reconocer que me estoy divirtiendo –gritó desde la distancia el Sombrerero Loco-. Hacía tiempo que no veía un espectáculo tan impresionante, pero mucho me temo que nos está retrasando. Tenemos muchas cosas que hacer, entre ellas dar por finalizada la triste vida de estos personajillos –señaló con su mano a la familia del alcalde- y planear mi próximo paso una vez que el traicionero señor García ha desvelado mi escondite.

El Sombrerero Loco levantó su mano en dirección al oscuro pasillo que correspondía a las consultas de los doctores del asilo. Su mano hizo un gesto de movimiento, y de las sombras aparecieron dos nuevas figuras. Robin lanzó un gancho hacia una viga del techo cercana a la gran claraboya que presidía el lugar, se elevó, posteriormente se balanceó y finalmente cayó sobre el otro de los gemelos derribándolo.

Robin pudo descubrir que una de las figuras que había salido de las sombras se trataba de Harriet Pratt, timadora que en ocasiones se unía a la banda del país de las maravillas disfrazada con grandes orejas, pajarita al cuello y armada con uno de los revólveres que le facilitaba el Sombrerero. Siguiendo la estética de Alicia en el país de las maravillas, Harriet adoptaba en esas situaciones el nombre de Liebre de Marzo.

La otra de las figuras correspondía a un hombre imponente, Moe Blum, más conocido por La Morsa. Además de su fuerza sobre-humana, Moe Blum había diseñado una máscara que le permitía disponer de dos grandes colmillos de acero que le permitían romper y destruir todo aquello que se pusiera en su camino.

- Demostrémosle al pajarito que se ha metido en un agujero del que no podrá salir –Jervis giró su cabeza y cogió un “bastón” cuya empuñadura era un revolver y abrió el cargador-. La hora del té se acerca y no quiero que se me enfríe.

Libre de Marzo disparó su arma hacia el lugar donde se encontraba Robin. Este apenas tuvo tiempo de oír el disparo, y la bala pasó rozando su cadera. El gemelo Dum, que se había levantado del suelo tras su infructuoso ataque, golpeó el hombro de un desconcertado Robin. A pesar de su peso, los gemelos eran ágiles y fuertes, pero su golpe no había sido certero.

Las cosas no estaban yendo bien. Robin tenía ya dificultades para hacer frente a los gemelos, pero dos miembros más de la banda del país de las maravillas habían aparecido en el tablero de juego y no creía que fuera capaz de hacerles frente. Por otra parte, no podía huir de allí porque eso permitiría tener el camino libre para que Jervis asesinara a sangre fría a la familia del alcalde.

Robin pudo ver como el Sombrerero cargaba el revólver que hacía de bastón y en una décima de segundos se desconcentró. Otra de las balas de la automática de Liebre de Marzo pasó a escasos centímetros de su cabeza, y un golpe intenso sintió en su espalda. El gemelo Dee había chocado frontalmente con él, lanzándole sin control al centro de la sala donde le esperaba la Morsa para rematarle con sus puños.

Robin sintió como la boca empezaba a saberle a sangre y sus ojos se iban nublando primero y apagándose después. En unos segundos estaba inconsciente.

Cuando el chico maravilla abrió sus ojos, notó como sus extremidades no podían moverse. No estaba en el suelo, no notaba el frío suelo de Arkham bajo sus huesos, estaba sentado. Dirigió su mirada hacia abajo y pudo comprobar que estaba sentado en una silla, con las piernas y los brazos atados, y frente a una mesa. Giró su cabeza hacia su izquierda y comprobó como la mujer y los hijos del alcalde también estaban sentados y atados, como él, frente a la mesa. La mujer sollozaba en bajo, más por sus hijos que por ella.

- Por favor, ayúdenos –le pidió desesperada al chico-.

La petición de auxilio alertó a Jervis Tetch que se encontraba a escasos metros de ellos. Les miró y sonrió.

- Ah, nuestro invitado ya se ha despertado, después de una horita soñando. Justo a tiempo para el té. Por favor, Liebre –pidió a la mujer disfrazada con grandes orejas-, prepara la mesa para que disfrutemos de este momento maravilloso con nuestros invitados.

Robin miró la sala. Ellos estaban en el extremo que había ocupado el Sombrerero Loco cuando entró en Arkham, justo en la pared del lado opuesto a la puerta de entrada. Los secuaces del Sombrerero, los gemelos Dee y Dum y La Morsa ocupaban el centro de la estancia y Liebre de Marzo se afanaba en colocar unas tazas en la mesa que estaba frente a ellos. Siguió investigando el entorno. Miró a su derecha y comprobó que una inmensa sierra circular de cortar estaba adosada a la pared que estaba a su espalda, y una guía cruzaba desde el extremo en el que se encontraba Robin hasta el otro extremo donde se encontraba la familia del alcalde. Uno de los niños comenzó a llorar asustado.

- Dee, haz que se calle –ordenó el Sombrerero-.

- ¿Por qué no dejas en paz a la familia de Anthony García?. Ya me tienes a mí. Ellos no tienen ninguna culpa de nada –le recriminó Robin-.

Al Sombrerero Loco pareció agradarse con la conversación que le ofrecía su invitado.

- Eso es cierto. Son personas sin culpa alguna, pero que deben de ser sacrificadas para que ningún otro vuelva a traicionarme. Son parte de una enseñanza que quiero poner en práctica –contestó el Sombrerero-.

- Tú no matas –le inquirió Robin-. Sabes que esto no te va a otorgar ninguna satisfacción ni riqueza.

- En eso te equivocas –se acercó a la mesa y se sentó en una quinta silla cerca de Robin-. ¿Sabes cuánto han aumentado mis riquezas en el último mes a pesar de haber estado retenido en el asilo de Arkham?. Más de una treintena de golpes se han dado bajo mis órdenes, algunos de poco importe, pero nadie sabía que estaba yo detrás, y la policía de Gotham ni aparecía por el lugar del crimen, el alcalde sabía bien que hilos mover para que no apareciera nadie por ahí, ni siquiera tu amigo el murciélago.

Liebre llegó a la mesa con una bandeja en la que había una tetera que expulsaba vapor por la boquilla.

- Ah, que bien. Nuestro gran premio del día –dijo satisfecho el Sombrerero Loco mientras cogía la tetera y llenaba su taza-. Ya se lo dije perfectamente al alcalde en esa carta, si no cumplía estrictamente con mis órdenes, su familia lo pasaría mal y ¿qué es lo que hace?. Se va de la lengua. ¿Sabes que puede pasar si la gente sabe que el Sombrerero Loco no cumplió con su amenaza?, que no vuelva a tener el prestigio que el Sombrerero Loco y su banda deben tener en esta ciudad.

- Sombrerero, acaba con esto ya -dijo amenazante Robin mientras intentaba liberarse de sus ataduras-, déjales libres y te aseguro que intentaremos ayudarte. No vas a salirte con la tuya.

Robin había comprobado la fijación de las cuerdas que le retenían. No tendría mucho problema en escapar de allí, pero el resto de los secuaces seguían en la gran sala de entrada al asilo, y mucho menos podría proteger a la familia del alcalde. Tenía que pensar otras alternativas.

- No escaparás, pajarito. Recuerda dónde estás. Ese pasillo –señaló al que se encontraba más a la izquierda, tras la mujer y los dos niños- lleva al módulo de las celdas de los “pacientes” de Arkham. Tras mi huida, coloqué mis cartas de control mental en cada uno de los doctores del asilo que han estado cuidando de sus pacientes desde entonces sin salir a mis nuevos aposentos. Les alimentan y les tratan, pero no tienen interés en salir al exterior. Eso me permite tener dos alternativas si me siento amenazado, la primera es abrir las celdas de contención de ese módulo, para que todos sus pacientes salgan y se encuentren a un protector de Gotham al que tienen muchas ganas de encontrarse, y la otra es activar los explosivos que hay dentro para que vuestras conciencias se revuelvan sobre detenerme o evitar el mayor número de muertes.

El Sombrerero apuró su taza y se levantó de la silla. Hizo un gesto con la mano y Liebre entró con un mando en su mano.

- En fin, creo que lo mejor es no sentirme amenazado. Ha sido un placer pasar esta maravillosa velada con vosotros, pero creo que tenemos que seguir adelante –pulso el botón y la sierra se puso en marcha-.

Robin miró a su derecha, la sierra avanzaba rápidamente hacia ellos. Primero acabaría con él y posteriormente con la madre y los dos hijos que gritaban y sollozaban amargamente. Él podría escapar, pero con la rapidez que llevaba la sierra no creía posible que pudiera desatarles a ellos. La sierra seguía su camino.

El Sombrerero Loco dio la espalda a sus invitados. Mientras tanto, tanto los gemelos Dee y Dum, como La Morsa como Liebre de Marzo sonreían pensando en el éxito de su plan. Casi estaban ansiosos por ver el final del chico maravilla.

La sierra seguía avanzando rápidamente, apenas unos segundos más y Robin moriría. Tenía que tomar una decisión. De pronto, la luz se apagó y la sierra comenzó a decelerar su velocidad hasta terminar completamente quieta. Los gritos, sollozos y lamentos de la familia del alcalde disminuyeron de volumen. Alguien o algo había cortado la conexión eléctrica. Si hubiera habido luz, Robin habría podido ver las caras de decepción de la banda del país de las maravillas.

La sala volvió a llenarse de luz. Robin desconocía cuanto tiempo había pasado desde que el apagón había detenido la sierra. Quizás una hora o media. Nada más hacerse la oscuridad, el Sombrerero Loco había ordenado al gemelo Dee que fuera a averiguar qué había ocurrido en la central de energía que se encontraba al final del pasillo que daba a las consultas de los doctores. La luz de la luna se introducía por los altos ventanales que se encontraban en la estancia a una altura de cinco metros y por la majestuosa claraboya que coronaba el techo de la sala, y permitía que, aun con dificultad, cualquiera pudiera moverse por las diferentes estancias. Tras unos minutos, el gemelo Dee salió del pasillo con malas noticias: los cables que salían de la central de energía habían sido arrancados.

El Sombrerero Loco se quedó en silencio unos segundos. No quería sorpresas ahora que estaba tan cerca de acabar con el Chico Maravilla. Estaba claro que alguien había arrancado los cables, pero el que lo hubiera hecho no había dado señales de vida. Ordenó a los gemelos Dee y Dum que se pusieran manos a la obra para volver a tener luz en el asilo y mandó a La Morsa que peinase la totalidad de los despachos de los doctores, por si, el que lo hubiera hecho se hubiera escondido en alguno de ellos. Por su parte, ordenó a Liebre de Marzo que se mantuviera cerca de él, por si necesitaba protección. Sin embargo, nada había ocurrido desde entonces y los gemelos Dee y Dum volvían a la gran sala tras haber realizado su reparación.

Robín había ganado un buen puñado de minutos en los que había aprovechado para aflojar sus cuerdas, aunque simuló estar fuertemente sujeto por ellas. Sin embargo, la mujer y los hijos del alcalde seguían muy asustados e igualmente atados que antes de que la luz se viniera abajo.

- En fin, no siempre salen las cosas como uno desea –continuó el Sombrerero Loco-, sin embargo, tarde o temprano, la conclusión siempre es la misma.

Robin tragó saliva. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer una vez la sierra se pusiera en marcha. Primero saltar hacia su izquierda, después sacar un batarang que mantenía escondido en un compartimento secreto de su bota y por último cortar las cuerdas de la familia. El verdadero problema estaba en cómo protegerles y sacarles de la estancia sanos y salvos, sin caer victima de los ataques de la banda del Sombrerero Loco.

El Sombrerero Loco introdujo su mano en la chaqueta y extrajo el mando de la sierra circular. Lo levantó para que los “espectadores” lo vieran bien y apretó el botón. La sierra volvió a ponerse en marchar a apenas centímetros de Robin. Este pegó un salto, golpeó un lateral de su bota, sacó el batarang y se dispuso a cortar las cuerdas que retenían a la mujer y los dos niños antes de que la sierra llegara hasta ellos.

Los ojos del Sombrerero Loco mostraron ira. Ni siquiera miedo. Más bien fastidio. Y graznó.

- ¡Qué alguien acabe con ese incordio de niño! –gritó-.

El resto de la banda del país de las maravillas se dispuso a atacar. Liebre de Marzo sacó su arma y se dispuso a apuntar hacia el lugar donde Robin estaba trabajando para cortar las cuerdas. Mientras tanto, tanto los gemelos Dee y Dum como La Morsa comenzaron a avanzar.

Liebre de Marzo retiró el seguro de su arma, sacó ligeramente su lengua mientras apuntaba al cuerpo de Robin, y empezó a tensionar su dedo. De pronto, la gran claraboya del techo de la sala se hizo añicos y un caballero oscuro comenzó a caer. Batman llevaba a sus espaldas un gran paracaídas del que se fue liberando a medida que caía al suelo. Durante unos segundos nadie reaccionó. Liebre de Marzo dejó durante unos segundos de mirar hacia el lugar donde Robin intentaba liberar a la familia del alcalde, los gemelos Dee y Dum y La Morsa frenaron su ataque y se giraron para descubrir que estaba pasando y el Sombrerero Loco se tapó con su brazo la posibilidad de que le cayera algún cristal a la cara.

Batman cayó frente a Liebre de Marzo. Apenas la dejó tiempo para reaccionar. Con su mano derecha, sujetó el arma y con la mano izquierda que le quedaba libre soltó un puño que impacto en su cabeza. La diadema que sujetaba sus orejas cayó al suelo y ella la siguió segundos después, para caer inconsciente al frio suelo de la sala.

Robin terminó de cortar las cuerdas e hizo gesto a la familia para que saliera corriendo bordeando la sala a su izquierda hasta alcanzar la puerta de salida evitando la posibilidad de que pudieran ser retenidos de nuevo por cualquiera de los secuaces del Sombrerero Loco, y deseando, como era lógico, que estos le hicieran más caso a él que a la madre y a los dos niños.

El Sombrerero Loco corrió hasta el lugar donde había apoyado a su bastón-revolver.

- ¡Maldito!, ¿pensabas que no estaba preparado para ti? –gritó Jervis-. Llevo esperando este enfrentamiento mucho tiempo. No saldrás vivo de aquí.

Jervis miró a Dee y señaló a Robin, después miró a La Morsa y señaló a Batman y por último, miró a Dum y señaló el pasillo que daba al módulo de los presos de Arkham. Después sonrió y volvió a mirar al murciélago.

- ¿Sabes cuántas pasiones levantas en el asilo de Arkham?, ¿sabes a cuantos de los que están aquí detuviste tu? –Jervis endureció su rostro y alargó su cuello aun más hacia Batman- ¿Qué pasaría si tuvieran la oportunidad de tenerte frente a ellos? –su voz se volvió más diabólica-. Me aclamarían para siempre, sería su rey.

Batman entendió perfectamente el plan del Sombrerero Loco. Robin miró a Batman asustado. Tim sabía que si el gemelo Dum llegaba a la terminal del módulo en el que se encontraban las celdas y abría todas las puertas de contención tendrían muy pocas posibilidad de salir vivos. El Caballero Oscuro levantó su mano enguantada y pidió calma al muchacho.

Las sirenas de la policía comenzaron a oírse en el exterior, y aun más, cuando la madre de los pequeños llegó hasta la puerta de salida y la abrió para que pudieran salir los niños. Posteriormente, ella salió al exterior y la puerta volvió a cerrarse. Los sonidos de las sirenas de los coches patrulla se amortiguó ligeramente.

La Morsa se abalanzó contra Batman. Sus colmillos de acero chocaron contra el pecho del murciélago y le impulsó unos tres metros, cayendo de espaldas. Uno de sus puños intentó rematarle en el suelo, pero Batman giró sobre su propio eje y dejó que atravesara una de las baldosas del suelo. De un rápido salto Batman se incorporó y lanzó una patada aprovechando que a su contrincante le dolía su mano. La Morsa apenas sintió el golpe.

El gemelo Dee intentaba acertar a Robin. En un ataque individual, el chico tenía alguna posibilidad más de sobrevivir. Extrajo de la funda su bastón telescópico reforzado y comenzó a golpear al fornido esbirro del Sombrerero. El gemelo llegó a coger uno de los extremos, pero Robin se apoyó como si de un saltador de pértiga fuera y voló por encima de él hasta quedar a su espalda. Dee se revolvió intentando librarse del chico, pero Robin le golpeó con el bastón telescópico la rodilla derecha y posteriormente, su nuca desde atrás y el gemelo no tuvo más remedio que perder el equilibrio y caer al suelo, con su cara como única protección.

La Morsa golpeaba al aire mientras Batman iba retirándose unos pasos hacia atrás cada vez que uno de sus puños volaba hacia él. Dada la fuerza y el tamaño de La Morsa, Batman no tenía ninguna posibilidad ante un ataque directo. Durante los segundos que había durado su entrada desde la claraboya, Batman había visualizado todos los detalles, por pequeños que fueran, que podían permitirle vencer en un enfrentamiento contra cualquier miembro de la banda del país de las maravillas.

Batman siguió retrocediendo hasta que notó a su espalda la pared y en un rápido gesto pareció que trastabillara, quedándose con una rodilla apoyada en el suelo a media altura. La Morsa sonrió. Ya era suyo. Echó hacia atrás su enorme mandíbula de acero y se abalanzó con fuerza contra el cuerpo de Batman. El caballero oscuro le sorprendió dando un salto y quitándose de en medio. Tras su cuerpo, incrustada en la pared, había una caja de luces. La Morsa no pudo detener su cuerpo y golpeó con extrema dureza la caja, rompiendo la protección de la misma e impactando sus colmillos de metal contra los diferentes cables eléctricos. Una descarga recorrió su cuerpo. Batman se había puesto a cubierto. El cuerpo de La Morsa comenzó a palpitar por las oleadas de electricidad que recorrían su cuerpo mientras su boca emitía gemidos de dolor. Tras unos segundos en el infierno, su cuerpo cayó de espaldas, aunque su cuerpo continuó unos segundos con palpitaciones provocadas por las descargas eléctricas.

Un ruido se oyó en el pasillo que llevaba a las celdas de los pacientes. Batman y Robin se giraron hacia este esperando ver aparecer a cualquiera de los locos que durante años habían detenido y que recibían tratamiento en el asilo. Sin embargo, de las sombras apareció una figura menuda, vestida con un traje oscuro y orejas de murciélago.

- ¡Batgirl! –gritó Robin-.

Con su mano tiraba del pie del otro de los gemelos, Dum, que yacía inconsciente.

- La verdad es que no ha sido complicado –comenzó Batgirl-. Simplemente no me esperaba, y tampoco esperaba que le golpeara con una de las porras de los guardias.

El Sombrerero Loco sintió que sus piernas flaqueaban. Su plan se había ido al traste. Toda su banda había caído a manos de los entrometidos murciélagos. Impotente, vio la oportunidad y comenzó a correr hacia la salida. Ni Batman, ni Robin, pudieron hacer nada para detenerle. Superó la puerta y desapareció en el exterior.

Un golpe seco se oyó en la puerta. Después, se abrió ligeramente, y el cuerpo de Jervis Tetch salió despedido hacia el interior, donde Batman, Robin y Batgirl miraron sorprendidos como su cuerpo caía a sus pies. El comisario Gordon entró poco después con un revolver en la mano.

- Tetch, estás detenido. No te muevas ni un metro o disparo –el comisario quitó el seguro a su arma y apuntó al Sombrerero Loco-.


Epílogo

Arkham se llenó de policías. Tras la detención de Tetch, James Gordon había dado orden de peinar la totalidad de la instalación para detectar y neutralizar las bombas que el Sombrerero Loco había activado en el módulo de las celdas. Gordon y el Murciélago hablaban en el exterior del edificio, mientras que Robin y Batgirl esperaban a unos metros de allí.

- Buen trabajo, Batman –le agradeció el comisario-.

- Se lo diré a los chicos. Todo esto es gracias a ellos.

Un coche patrulla se acercó a la puerta del asilo y un asustado Anthony García salió de él. Miró hacia derecha e izquierda y reconoció a la mujer que le miraba sonriente detrás de otro coche patrulla que estaba a cincuenta metros. Los niños se separaron de su madre y corrieron para abrazarse con él.

- ¿Qué pasará ahora con el alcalde? –preguntó Batman.

- Bueno, las elecciones están a la vuelta de la esquina -contestó Gordon-, y es probable que, una vez la opinión pública conozca todo lo que ha pasado pierda su puesto por permitir la delincuencia y anteponer sus necesidades a las de la ciudad, pero ¿a quién le importa eso?. Es humano tener miedo.

- Será juzgado –afirmó Batman-.

- Si, pero no creo que ahora eso le importe –y dirigió la mirada a los ojos de los niños que miraban a su padre con devoción-. Por cierto, hemos detenido al jefe de Sistemas del Departamento de Policía. Estaba al servicio del alcalde. Tu video en casa de Jack Russell era completamente falso.

Batman se despidió del comisario y anduvo la distancia que le separaba de Batgirl y Robin.

- Buen trabajo, chicos –sonrió el murciélago-.

Cassandra Cain, Batgirl, se vio a si mismo sorprendida de oír esas palabras de boca de Bruce. A pesar de eso, Tim torció la boca.

- Si vosotros no hubierais llegado a tiempo, no habría podido salvar a la familia del alcalde –se fustigó el chico-.

- Tim, siempre me decís que no confío en vosotros, pero eso no es cierto –contestó Batman-. Sabía que eras capaz de encontrar el paradero de Tetch, y sabía que Cassandra era capaz de descubrir que ocurría con el alcalde, pero a veces es necesario apoyarse unos a otros para lograr el objetivo. Mientras volvía de Singapur, Cassandra llamó para contarme lo que había descubierto y le pedí que fuera a Arkham pero que no se descubriera, que esperase a que yo volviera. Cuando el Sombrerero puso en marcha la sierra, arrancó el cableado de la central de energía para ganar tiempo dado que aún me quedaba una hora de vuelo hasta llegar a Gotham.

Cassandra pasó un brazo por encima del hombro de Tim.

- Después -continuó Batman-, la pedí que fuera hasta el módulo de las celdas, a través de los sistemas de ventilación y que evitara a toda costa que pudieran hacer explotar las bombas o que abrieran las puertas. Cuando el gemelo Dum fue hacía allí, confié en que fuera capaz de pararle, y así fue.

- No sólo me dio tiempo a eso -replicó la chica-, sino que además, destruí todas las cartas de control mental que tenían colocadas los doctores de Arkham y les llevé a una sala para que esperasen a que todo hubiera acabado.

- Gracias, Cassandra –contestó Batman, evitando que se pudiera echar más halagos hacia sí misma-.

Tim parecía seguir estando disgustado.

- Ya, pero no pude ayudaros a vosotros.

Cassandra, apartó su brazo del hombro, se puso frente a él y le cogió los brazos.

- Tim –le replicó Cassandra-, la mayoría de las cosas que sé, me las has enseñado tú. Sin ti no hubiéramos logrado nada.

Batman sonrió bajo la máscara.

- Sólo puedo decir que los ciudadanos de Blüdhaven estarán orgullosos de tener unos protectores como vosotros. ¿Nos vamos?

Tanto Cassandra como Tim afirmaron con la cabeza.

- Alfred se desvió ligeramente de su ruta hacia el aeropuerto para dejarme caer aquí y no perder tiempo -continuó Bruce absorto en sus pensamientos-. Así que no tengo el Batmóvil, aunque, ahora que lo pienso, no tendríamos sitio para los tres en él.

Tim, que andaba dos pasos por delante que él, giró su cabeza hacia atrás y le contestó:

- Quizás es hora de que construyas una Bat-Furgoneta.

Bruce sonrió mientras pulsaba un botón de su cinturón. Alfred no tardaría en llegar.


FIN

Todo el que quiera hacer sugerencias, comentarios, críticas puede hacerlo en la dirección: factoriadecreacion@hotmail.com. Serán bienvenidas.

Nota del editor: Con este capítulo cerramos una etapa para La Sombra del Murciélago y Batman en AT. Su autor, Factoria de Creación, debe abandonar sus labores creativas por razones personales. Desde aqui queremos darle las gracias por el tiempo que ha estado con nosotros y por la calidad de sus narraciones.  Aqui tendrá siempre las puertas abiertas si en un futuro quisiese regresar. Mucha suerte y abrazo.

No hay comentarios :

Publicar un comentario